Mientras escribo voy probando, por primera vez, una cerveza que dice llamarse Trappiste Rochefort 8. Eso reza la etiqueta, sencilla como pocas.
La copa, típico caliz de borde dorado es una preciosidad. Dan ganas de llevársela para casa.
El local es conocido por todos. El Lupulo, en María Díaz de Haro.
Pues bien. La primera impresión es que el 8 lo han elegido por la bola negea del billar. Tiene casi ese color. Poco olorosa, tiene, en cambio, un imponente aspecto con una espuma fina pero densa, blanca y espesa que recuerda a las Stout.
Y suena la sintonía de Luz de Luna en el bar. Aumque ese es otro problema.
Pruebas la Rochefort y el lúpulo te atrapa. No hay sitio para más. Todo es lúpulo, sin matices. Y al de un rato, amargor. Gratificante, delicioso y seco. Quieres beber más.
Pause.
Ya está.
Sì. El segudo trago va derecho a la parte final de la boca. Ya no hay resistencia. Los 9,2 grados del brebaje hacen su trabajo. Y refresca. Pintas de regaliz.
Una gran cerveza. Sí señor
sábado, 21 de abril de 2012
Hablemos de Trappistes Rochefort
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